La cocina antropofágica


La cocina antropofágica por el Lic. Fernando Ortega
Ninguna cocina tan combatida como la cocina antropofágica. Sus detractores se dividen en dos grandes categorías, a saber:
Primera. La de aquellos a quienes, objetivamente, les repugna la idea de comerse a un amigo; y Segunda. La de aquellos otros a quienes, si les repugna esta idea, es por la idea complementaria de que un amigo pueda comérselos a ellos.

Unos y otros, sin embargo, proceden por razones morales o por razones políticas, y en este estudio, lo único que nos interesa de la antoropofagia es su aspecto gastronómico. ¿Saben bien, efectivamente, las chuletas de misioneros? Y una buena sesada de sabio, una de esas excelentes sesadas, preparadas por treinta o cuarenta años de numismática o de arqueología, ¿qué gusto es el que tiene? That is the question, querido lector, y lo demás dejémoslo para la Sociedad de las Naciones.
Por mi parte, opino que existe una humanidad cebona, la cual desempeña entre nosotros el mismo papel que entre el ganado vacuno desempeña el buey Durham con relación a los bueyes de carreta; una humanidad a la que engordamos todos con gran trabajo desde que nace hasta que muere, y que si no tiene una aplicación culinaria, no sé, en verdad, qué clase de aplicación podrá llegar a tener nunca. Que los caníbales viniesen aquí y la hincasen el diente, lo encontraría en cierto modo justificado, pero la carne de explorador o de misionero debe de ser demasiado correosa.
comían cordero o ternera. Similia, similibus. .. Es sabido, además, lo que decía Brown-Sequard, el inventor de la opoterapia: los sueros actúan siempre de un modo mucho más eficaz entre animales de la misma especie que entre animales de especies diferentes.
Pero, cuando los salvajes se ponen a razonar como hombres de ciencia, ¿qué tiene de particular el que los hombres de ciencia razonen como unos salvajes? Yo no diré al respecto más que una cosa: que, en todos los países canibalescos, el hombre que sabe curar un cólico asciende, ipso facto, a la categoría de gran sacerdote…
Gastronómicamente, por lo tanto, puede afirmarse que la antropofagia constituye un error, y, esto sentado, ¿para qué vamos a seguir engordando por ahí a tanto gandul mientras nuestras pobres gallinas se comen las chinas de las carreteras?
En general, y aunque carezco de experiencia directa sobre el asunto, yo creo que la antropofagia constituye un gran error gastronómico.
—Puesto que el hombre no toma sus alimentos con más objeto que el de transformarlos en substancia humana —piensa el antropófago—, lo más sencillo será tomarlos ya convenientemente transformados.
Y, llevado por este razonamiento, el salvaje se come al primer viajero que pasa, imaginándose que, así, su organismo va a saltarse a la torera el trabajo de la digestión, el de la asimilación y demás trabajos obligados de la mecánica digestiva.
Un sabio francés, monsieur de Varigny, les da en esto la razón a los antropófagos.
—Comerse a un semejante —dice— es absorber una alimentación específica e ideal.
Y, al efecto, monsieur de Varigny nos habla de unas ranas, a las que estuvo nutriendo durante una temporada, con carne de otras ranas. La carne de rana, analizada en el laboratorio, desprende un número de calorías muy inferior al de las demás carnes, y, sin embargo, los batracios que la comían alcanzaban un peso no igualado nunca por aquellos otros que